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Cinco avemarías al día

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Cinco avemarías al día: Una por Suso (una promesa es una promesa) Una por cada miembro de mi familia: la pasada, la presente y la futura. Una por cada uno de mis alumnos y alumnas: pasados, presentes y futuros. Una por todas aquellas personas a las que a lo largo de mi vida he alejado de Dios, o he movido a actuar mal, de forma inconsciente o consciente. Una por alguien especial de quien no puedo revelar la identidad. Y todo esto sin ser católico ni creer en ningún dogma, aplicando aquello de la habilitación o convalidación (un avemaría aunque no fuera cierta la fe católica convalida en la fe verdadera sea la que sea, y viceversa, si la fe católica fuera cierta, yo como hereje con buenas intenciones, convalido mi avemaría de hereje como si la hubiera rezado un cristiano fiel) En todos los casos, el beneficio que se deriva del avemaría viene de Dios con lo cual no debe preocuparme mi miseria, únicamente mis buenas intenciones; el beneficio lo produce Dios, nada tiene que ver conmigo.

Oraciones convalidadas

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  Este pobre y desorientado hereje siente tu presencia cuando estoy allí. ¿Y no sé quien eres? Dicen que eres su madre amada, y madre de todos; yo no lo sé. Otros dicen que naces de la imaginación de las almas puras; tampoco lo sé; aunque hay hechos difíciles de explicar si así fuera. La Iglesia dice que no estamos obligados a creer en tus apariciones, seas quien seas; aunque yo soy hereje y voy un poco por libre.  Yo aplico el principio de convalidación. Cuando uno estudia una carrera en América, si quiere ejercerla en Europa, muchas veces tienen que convalidarla o verificarla, no sé cual es la palabra. Lo que vengo a decir es que si en realidad fueras Budha y yo le rezara a la Virgen María, a Budha no le importaría, y me convalidaría mis oraciones. Igualmente si eres algun ser inmenso de Dios, quizá inexplicable, y yo le rezo a la Virgen María, también te estará bien. Y si eres la Virgen Maria, y te rezo, sin creer demasiado, o nada, en los dogmas que se relacionan contigo, ...

Tu me mueves, Señor, muéveme el verte, clavado en una cruz y escarnecido.

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No me mueve mi Dios para quererte el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno, tan temido, para dejar por eso de ofenderte. Tu me mueves, Señor, muéveme el verte, clavado en una cruz y escarnecido. Muévenme ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas y tu muerte. Muéveme al fin tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te amara; y aunque no hubiera infierno te temiera. No me tienes que dar porque te quiera, porque aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera.