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Carta a un rehén

"  ¡Estoy tan cansado de las polémicas, de los exclusivismos, de los fanatismos! Yo puedo entrar en tu casa sin tener que vestir un uniforme, sin verme obligado a recitar un Corán, sin tener que renunciar a nada de mi patria interior. A tu lado no tengo que disculparme, no tengo que defender, no tengo que probar; encuentro la paz... Por encima de mis torpes palabras, por encima de los razonamientos que pueden confundirme, tú, en mí, sólo tienes en cuenta al Hombre. En mí reconoces al embajador de creencias, de costumbres, de amores personales. Si difiero de ti, lejos de perjudicarte te enriquezco. Me haces preguntas como se pregunta al viajero. Yo, como todos, necesito ser reconocido, contigo me siento limpio y por eso me dirijo a ti. Necesito ir a donde me sienta limpio. No han sido mis fórmulas ni mis andanzas las que te han permitido saber quién soy: ha sido el aceptar quién soy lo que, en todo caso, te ha hecho ser indulgente tanto con estas andanzas como con aquellas fórmulas...

Algún día, todo volverá.

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  A veces, por no decir siempre, el sonido sin amplificación eléctrica, sin sofisticaciones, natural, auténtico, que sale de dentro, que brota de la misma vida, es lo que llega más al alma. Volver... Algún día todo volverá, y ¡cómo acompaña el vino! el buen vino. ¡Que idea tan esencial la de Jesús al poner el vino en la eucaristía, en la cena, en el encuentro de los que se quieren! Si no hubiera puesto al vino tan arriba, algunos hasta dirían que es pecado beberlo. Yo creo que aquí manifestó sentido del humor, apuesta por la alegría, el mensaje oculto o indirecto de no tomarnos las cosas obsesivamente, de saber desconectar y disfrutar de la sencillez (que es a la vez grandeza) de la vida.