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Yo, hereje.

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Cuando me fui, flotaba de felicidad; aun encontrándome con una vida social muy pobre, muy dañada, y con unos aprendizajes transversales que me ha costado décadas deshacer. Yo, precisamente yo, no me puedo quejar, porque jamás me entregué a nada que mi conciencia considerara malo; jamás. Me perjudicaron poco, y saqué mucho de bueno. Aprendí a luchar contra aquello de mí que podía dañar a otros; aprendí a creer en el perdón sin límite; descubrí la belleza de la vida con sus cruces y sus estrellas; asumí las formas de una persona culta y aprendí a amar la cultura, el saber, las personas. Debo decir que algunas de las cosas que aprendí fueron las que después me sirvieron para irme. También me perjudicaron. Me alejaron, disimuladamente y con estrategias diversas, de las chicas; indirectamente intentaron convertirlas, en mi mente, en el camino de la perdición. Digo “intentaron” porque jamás lo consiguieron; pero, puesto que yo pasaba muchas horas con ellos, y ellos eran a las mujeres lo qu...

Prisciliano de Compostela

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  Cuando se muere un ser humano, la vida sigue. Los que se reunieron a su alrededor se dispersan, cada cual sigue su rumbo, y el que ha partido se convierte en el recuerdo de un tiempo que se compartió. Pero los que lo han tratado no se quedan igual. Todos somos faros para todos. Todos nos influímos; aun cuando nuestra relación transcurra a traves de las letras. Las palabras y las frases se convierten en instrumentos que trasladan nuestra identidad hacia el ser de los demás y viceversa; y al final, los demás no son sólo lo que son y lo que han sido, sinó lo que nosotros hemos imaginado de ellos. El Sol vuelve a salir con la misma fuerza de siempre. La Tierra sigue dando vueltas. Nuestro cuerpo se va gastando, cada día más cansado. En nuestro interior pervive el joven que un día fuímos y que ya no se refleja en el espejo. Somos mejores; hemos aprendido a fuerza de desventuras y esperanzas inquebrantables. Hemos crecido en el arte extraño de la humildad. Ya no haríamos todo lo que h...