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Mostrando las entradas etiquetadas como injusticia

El peor castigo de quien hace daño a otro es el hecho de convertirse en alguien que hace daño a otro.

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  El mundo está lleno de altezas, porque todo ser humano es un tesoro, y su dignidad, la de cada uno, nunca se acaba. Si no fuera porque no resultaría práctico y porque sería engorroso, lo lógico sería reverenciarnos los unos a los otros, porque tenemos mente, y, por tanto, la capacidad de amar, de imaginar y de sentir. Somos todos iguales en dignidad, en valor, en esencia, en humanidad. Las diferencias establecidas ficticiamente por las pobres sociedades arcaicas, que todavía arrastran los lastres culturales de tanta bestialidad y de tanta ignorancia, son inhumanas, contrarias a la dignidad de todas las personas y representan un freno para la construcción de una sociedad mejor. Dadme gente que no haya sido maltratada de pequeña, personas con la creatividad estimulada, y con una educación que fomente la libertad y la confianza. Dadme gente que crezca sin miedo, sin violencia en casa ni en la sociedad, sin la contraeducación de tantos ámbitos diferentes. Dadme seres humanos que e...

El dolor escondido

El mundo que nos rodea, con sus luces, neones, prisas, glamour, productividad, eficacia, poder, índices de calidad, normas homologadas, certificaciones europeas; esconde mucho dolor.  El dolor suele ser invisible y no angustia a quien no lo padece; la eliminación del dolor no siempre es rentable, no siempre produce ganancias, y a menudo implica gastos. Por eso el sufrimiento no se combate, y según como, hasta se alaba, y se considera camino de santificación. Pero el sufrimiento de tantas personas por puro azar de nacimiento es el sufrimiento de Dios y su eliminación es la razón de ser de toda persona buena.

El monstruo

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En esta noche fría de viento gélido no puedo dejar de pensar en todos aquellos que duermen en los portales, en los cajeros, en diferentes rincones ocultos de las grandes ciudades, en los primeros contrafuertes de Montjuic, en naves abandonadas. Siento el frío de su cuerpo y el abandono de su ser. Me pregunto qué falla en todo esto que nos rodea para que tantas personas vivan atadas a este desprecio existencial. El monstruo que se alimenta de nuestro trabajo para engrosar sus arcas no reparte de forma justa los beneficios, y expulsa del corazón del sistema a los más débiles. La debilidad no viene únicamente de un cuerpo débil; puede venir de una mente frágil, diferente, excesivamente sensible, inadaptada o rota por la vida. El monstruo nos recuerda día tras día con el rugido de los coches en las autopistas y grandes avenidas, cuando por la mañana aun es oscuro, que la prioridad de este sistema no son las personas sino el beneficio económico.