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Carta a un rehén

"  ¡Estoy tan cansado de las polémicas, de los exclusivismos, de los fanatismos! Yo puedo entrar en tu casa sin tener que vestir un uniforme, sin verme obligado a recitar un Corán, sin tener que renunciar a nada de mi patria interior. A tu lado no tengo que disculparme, no tengo que defender, no tengo que probar; encuentro la paz... Por encima de mis torpes palabras, por encima de los razonamientos que pueden confundirme, tú, en mí, sólo tienes en cuenta al Hombre. En mí reconoces al embajador de creencias, de costumbres, de amores personales. Si difiero de ti, lejos de perjudicarte te enriquezco. Me haces preguntas como se pregunta al viajero. Yo, como todos, necesito ser reconocido, contigo me siento limpio y por eso me dirijo a ti. Necesito ir a donde me sienta limpio. No han sido mis fórmulas ni mis andanzas las que te han permitido saber quién soy: ha sido el aceptar quién soy lo que, en todo caso, te ha hecho ser indulgente tanto con estas andanzas como con aquellas fórmulas...

El dolor escondido

El mundo que nos rodea, con sus luces, neones, prisas, glamour, productividad, eficacia, poder, índices de calidad, normas homologadas, certificaciones europeas; esconde mucho dolor.  El dolor suele ser invisible y no angustia a quien no lo padece; la eliminación del dolor no siempre es rentable, no siempre produce ganancias, y a menudo implica gastos. Por eso el sufrimiento no se combate, y según como, hasta se alaba, y se considera camino de santificación. Pero el sufrimiento de tantas personas por puro azar de nacimiento es el sufrimiento de Dios y su eliminación es la razón de ser de toda persona buena.