El peor castigo de quien hace daño a otro es el hecho de convertirse en alguien que hace daño a otro.

 


El mundo está lleno de altezas, porque todo ser humano es un tesoro, y su dignidad, la de cada uno, nunca se acaba. Si no fuera porque no resultaría práctico y porque sería engorroso, lo lógico sería reverenciarnos los unos a los otros, porque tenemos mente, y, por tanto, la capacidad de amar, de imaginar y de sentir.
Somos todos iguales en dignidad, en valor, en esencia, en humanidad. Las diferencias establecidas ficticiamente por las pobres sociedades arcaicas, que todavía arrastran los lastres culturales de tanta bestialidad y de tanta ignorancia, son inhumanas, contrarias a la dignidad de todas las personas y representan un freno para la construcción de una sociedad mejor.
Dadme gente que no haya sido maltratada de pequeña, personas con la creatividad estimulada, y con una educación que fomente la libertad y la confianza. Dadme gente que crezca sin miedo, sin violencia en casa ni en la sociedad, sin la contraeducación de tantos ámbitos diferentes. Dadme seres humanos que en la infancia hayan reído mucho. Y conseguiré, con bastante facilidad, una sociedad más justa, más pacífica, más feliz, sin que unas u otras estrategias políticas tengan que arreglar nada irreparable.
Y ahora alguno de los que lee estará pensando: «Oh… pero yo conocí a uno que sufrió mucho de pequeño y que fue un santo… Y a otro que lo tuvo todo y fue un cabrón».
¿Tú? Tú no lo conociste. No nos conocemos los unos a los otros. Nos perdemos la vida interior del amigo, e incluso del hijo, o del padre.
Igual que en el universo existe una materia oscura, que no vemos ni percibimos, pero que ejerce su poder gravitatorio, en la vida hay millones de vivencias interiores que no podemos ni podremos conocer jamás, porque son intransferibles. La unicidad de cada uno hace que nadie pueda erigirse en juez; ni tú, que estás negando con la cabeza: no sabes nada de nadie.
Te inventas, sin saberlo, a los demás; porque tu mente, para poder desarrollarse con seguridad, necesita añadir a las personas aquello que no sabe ni puede saber de ellas, aquello que pertenece al misterio profundo de la mente. El amor engendra amor y el odio engendra odio; y ni siquiera Dios es ni será jamás juez.
Se predica en todas las religiones el carácter de Dios como juez universal, sentenciador implacable; algunas culturas incluso le otorgan el carácter de verdugo. Pero Dios, que prefiere escribir su nombre con minúscula, no es juez, ni lo será nunca; porque si lo fuera, tendría que empezar por condenarse a sí mismo por haber colocado a unas pobres criaturas humanas, llenas de pulsiones violentas, en medio de una competencia feroz para sobrevivir, mediante la lucha entre especies y mediante la lucha de los diferentes grupos dentro de la misma especie; o tendría que condenarse a sí mismo por abandonar a aquella niña que fue violada por cuatro a la vez, o a aquella otra que… o por permitir que los sembradores del odio fanatizaran a alguien más débil hasta convertirlo en un asesino múltiple.
El ejercicio de juzgar no es otra cosa que un instrumento humano, legal y violento que las sociedades de todas las épocas han utilizado porque no han encontrado una manera mejor de vivir en comunidad y de protegerse del crimen. El ejercicio de juzgar es un medio, un parche, un mal menor, una pulsión social que, si se la atribuimos a Dios, caemos en un antropomorfismo similar al que cometería una abeja si afirmara que dios tiene aguijón.
Juzgan los que necesitan saciar el deseo de venganza, o los que velan, como mejor pueden y saben, por la paz social; pero son animales humanos como cualquier otro; y en esto que hacen no hay ningún verbo que defina en ellos esencias ontológicas.
Volviendo a la miseria humana del elitismo, la maldita selección de los «mejores», de los «buenos», de los «nobles» (en contraposición a los que son considerados menos dignos porque el azar los hizo nacer en entornos menos afortunados), se vuelve inhumana. Objetivamente no hay mejores ni peores, ni pequeños ni grandes, ni amos ni esclavos, ni estrellas ni estrellados… Son los monos, vestidos con traje y corbata, cargados de tradiciones medievales no superadas, los que siguen imaginando y construyendo un mundo que lo regale todo a los privilegiados y que tolere, con campechanía hipócrita, a los que descienden de los menos afortunados o a los que se educan con hábitos menos acertados.
A los privilegios históricos los llaman derechos históricos, como si tener o ser más por nacimiento fuera alguna especie de ley divina que, de hecho, ellos necesitan para justificar la desigualdad y la injusticia.
La injusticia siempre necesita justificarse para disfrazarse de justicia; cuanto más injusta es una tradición o una ley, más sofismas enrevesados necesitan trenzarse para simular una especie de lógica con columnas hechas de un barro que parece roca, pintadas y decoradas con un metal bañado en dorado que, sin serlo, parece oro.
Todas las personas son nobles, incluso las que realizan actos innobles. La persona no es el acto que realiza, su dignidad es infinita; y cuando se rinde a la monstruosidad de hacer daño a alguien, se hiere a sí misma; ella misma se configura su propio castigo.
El peor castigo de quien hace daño a otro es el hecho de convertirse en alguien que hace daño a otro; esa losa, de manera natural, duele más —aunque a veces no lo parezca— que cualquier violencia legal que el sistema determine para los culpables.
Quien hace daño a otro es digno de lástima más que de odio. Y es coherente con la dignidad humana de quien ama, amar también a aquel que hace daño; no amar lo que hace, sino amarlo a él o a ella, y sentir espontáneamente una profunda pena por el perjuicio insoportable que se causa a sí mismo cuando hace daño.
Las sociedades tribales violentas, que todavía son las actuales, no ejercen la reinserción de los pobres miserables que hacen daño; las penas suelen ser desproporcionadas y buscan más infundir miedo, convencer por miedo, que apartar a alguien peligroso de la vía pública y ayudarlo a dejar de serlo. A veces es la venganza la que impulsa la pena. Y siempre existe una pena social: la de los jueces de las redes sociales, la de los «yo le cortaría los cojones y lo colgaría boca abajo», o «yo le cortaría una pierna, o una mano».
Las fieras que en la Edad Media levantaban antorchas para ir a buscar, en mitad de la noche, a un supuesto culpable de cualquier cosa, campan hoy por la sociedad, gritando como gorilas alterados, sin advertir todos aquellos errores que ellos también cometen; errores que, si fueran conocidos, levantarían en otros gorilas las mismas iras.
La bestia humana que somos nos hace gritar dentro de un coche contra la persona de otro coche, con quien, en otro ámbito, tal vez podríamos abrazarnos o reír juntos un rato. Nos sale, a menudo, por la pulsión de la defensa violenta y la venganza irreflexiva, el odio emocional contra aquel que nuestra mente considera enemigo. La razón se anula, si es que en algún momento llegó a actuar, y el miserable levanta la antorcha, enciende el prejuicio, dogmatiza la imposibilidad de que alguien errado rectifique, condena socialmente de por vida al recluso, maldice al oponente ideológico, renuncia a la autocrítica, juzga, condena y, si puede, sentencia… y abandona así el amor y la esperanza en la persona humana, que nunca, nunca, nunca… pase lo que pase, no se debe abandonar; si lo que se quiere es que la vida valga la pena.

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