Cuando cambia el imán que mueve nuestros actos, es cuando cambiamos de verdad.



A mi parecer, solo cambia alguna realidad esencial cuando cambia la razón por la cual decidimos una cosa u otra… cuando ya no es «por mí o por mi bienestar» que me decido a tratar bien a alguien, sino que lo hago «por él, o por ella»; y cuando eso me basta.

El sistema educativo se obsesiona demasiado en transmitir el razonamiento utilitarista que mueve a ser cívico por amor a uno mismo y nada más, cuando en realidad la auténtica transformación educativa radica en descubrir que el bienestar del otro es necesario y fascinante, y que de una manera clara y real también es parte de nosotros mismos.

Cuando cambia el imán que mueve nuestros actos, es cuando cambiamos de verdad.
Cuando la decisión se pone al servicio de una causa que va más allá del propio interés, es cuando hemos progresado como humanos.

Pero este cambio no nace detrás del razonamiento; la lógica no llega del todo. La insuficiencia del racionalismo a la hora de encender la empatía o el amor nos lleva a mirar hacia la naturaleza (creadora de la empatía en las mentes humanas) para suplicarle aquello que su pequeño hijo sapiens, con toda su maquinaria cartesiana, no puede alcanzar solo.

Hay que descubrir en los ojos del otro los ojos del hijo que amamos; y en su miedo, el miedo de nuestro hijo o hija, su vulnerabilidad tal vez injusta, su necesidad de ser amado.
Hay que descubrir en cada puesta de sol, en cada silencio, en cada suave empujón del viento, en cada ola, en cada color… todo aquello que no se puede convertir en palabras.
Hay que sentarse en silencio y no hacer nada; escuchar lo que acompaña al instante, lo que nos llega con las luces y los sonidos… Hay que darse cuenta, no necesariamente comprender, de que todo lo humano que nos rodea, bueno o malo, está dentro de nosotros.
Hay que dejar de perseguir el paraíso esquivo con el que la vida nos hace correr y afanarnos, y detenernos y sentarnos en el paraíso que ya habitamos y que no vemos: el balcón con las macetas, el paseo por nuestro pueblo, los vecinos, los conocidos, las nubes, el sonido de lo cotidiano…
Hay que permitir que la naturaleza nos cambie, vaciarnos de nosotros mismos y de la cucharada que siempre queremos «meter» en todo, y dejarnos mecer por el viento y el mar.
Nadie, ni con su ego enervado ni con nada más, puede hacer florecer una estepa, ni conseguir que salga el Sol, ni eternizar la vida… Nadie puede hacer que suceda lo que sucede espontáneamente.
La superficie de las miles de copas de los árboles del bosque y su textura de alfombra pueden llegar donde no alcanzan ni la lógica ni el sentido común. El amor “misterio”, el que va más allá de la decisión necesaria, el que alimenta el hábito adquirido y lo sostiene como un don adquirido, viene solo; solo tenemos que apartarnos para no estorbar su paso; y, a lo sumo, y sin añadir mucho más, apuntar con el dedo hacia la belleza.



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