El amor de verdad



El amor de verdad no desata un repique de campanas que todo el mundo ve y alaba; pasa desapercibido y procura no ser el centro de atención de nada ni de nadie; y es pequeño, y pequeño y pequeño… Humilde y modesto; no pretende ser la solución a todos los problemas del mundo.

El amor de verdad nunca habla de sí mismo, ni de sus virtudes, ni de su suerte, ni de su poder, ni del repique de campana que hace que todos vuelvan los ojos hacia su piedad. Es un amor pequeño, pequeño, pequeño… Humilde y modesto; que ama primero a quien tiene al lado; y después, progresivamente, a los más alejados.

El amor de verdad no escoge las cruces más aplaudidas, ni las más valoradas, ni las más sugerentes, ni las más emotivas. El amor de verdad escoge su cruz; la que normalmente nadie alaba, nadie aplaude, nadie agradece, y que a menudo nadie ve. Y lo hace sin que nadie se dé cuenta.

El amor de verdad se conforma con la cruz que le ha tocado, y no va buscando cruces que son de otros si la suya ya pesa bastante; correría el riesgo de no poder sostener la suya, la que nadie ve, ni aplaude, ni alaba, y que, por tanto, resulta menos atractiva.

El amor de verdad no rehúye el sentido común, ni la responsabilidad, ni la inteligencia, porque sabe que son dones que uno tiene la responsabilidad de usar para evitar sufrimientos. El amor de verdad no cae en la ingenuidad de quienes piensan que todo lo que pasa, pasa porque Dios lo quiere. Si no hay sentido común, todo se desbarajusta. Si no hay inteligencia, a menudo la casa se derrumba. Y Dios calla, y no sostiene la casa. Tal vez porque ya nos ha dado el sentido común y la inteligencia, y nos toca a nosotros utilizarlos.

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