Existe un porqué diferente y misterioso que no está atrapado por ninguna religión.
Existe un porqué diferente y misterioso que no está atrapado por ninguna religión. Hay una realidad inexplicable e incluso innombrable, completamente distinta a cualquier divinidad de las inventadas. Hay una espiritualidad que no tiene religión, ni doctrina, ni ritos preestablecidos, ni incienso, ni castigos, ni premios, ni juicios, ni derecho antropomórfico y tedioso, espejo de miserias y rencores. Hay un poder que actúa, esquivando los dogmas y las sotanas casposas, las barbas de los rabinos y la ocultación de los imanes. Hay una acción silenciosa y disimulada que impulsa obras, versos, sonidos, sueños e ideales. El amor no es patrimonio exclusivo de las religiones. Las personas, y en general cualquier ser con conciencia, tenemos la capacidad de amar de la única manera posible.
Amo y creo en esta realidad, independiente y no afiliada a ninguna fe; la que también tenía Màrius Torres; la que profesaba, sin saberlo yo hasta hace poco, mi bisabuelo Joan Jofresa, la realidad a la que no me gusta nombrar de ninguna manera, porque cualquier palabra evocaría falsas descripciones, como las de las doctrinas oficiales inventadas.
Tengo lo que tengo no por merecerlo ni por ganarlo, sino por una extraña suerte del destino; aquello que me permite amar el barro y el río, y el cuerpo desnudo de las personas, y el sexo, y el vino, y el estallido del trueno, y la lluvia, y el caos, y el desorden, y la diversidad, y la libertad, y la independencia de todo, y la heterodoxia. Esta sublime y fascinante realidad que yace allí donde algunos escriben una palabra, y que no tiene nada que ver con la palabra, porque es más grande... se aburre en la mayoría de los ritos de la mayoría de las religiones; no soporta el poder ni a los poderosos; se siente mal con la guerra; odia la muerte; y no es persona porque es más que persona, y por eso no se puede decir que no lo sea; y no está más allá de la muerte, porque está aquí, con la misma fuerza con la que está allí. Y se aparece como un leve reflejo, con algunos sonidos, con algunas armonías. Se esconde discretamente en el arte, porque lo buscamos tras las melodías, a través de los colores, de la línea y de la luz.
A veces parece divertirle confundirnos y mostrarse en aquello que el mundo condena por descarnado, por poco serio, o por excesivamente heterotodoxo. Aparece, como un estallido, en un poema irreverente, en un cuerpo desnudo, en una historia sangrienta, en un barrio marginal, en la sonrisa de un delincuente o en un rincón aterrador de la guerra más injusta. Es anticlerical, laico, nada religioso, revolucionario, rompedor, y con un sentido del humor que roza el sarcasmo, pero que de pronto se convierte en ternura y te hace llorar de alegría al manifestarse.
Se revela a los más increíblemente miserables, en vez de plantarse ante los sabios, los estudiosos o los poderosos. Y quiere seguir medio oculto aunque presente y evidente; pero muy discreto, como si le gustara continuar de incógnito.

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