Las llamadas «fuerzas de uno mismo» no son estrictamente de uno mismo; han sido recibidas de la naturaleza.
«¿Creer contradice las conclusiones de la razón?» En mi opinión, creer según qué cosa contradice las conclusiones de la razón. La lógica está presente en todos los fenómenos de la naturaleza. Del orden que se abstrae de los fenómenos naturales deducimos las leyes de la lógica.
Si Dios existe, la lógica es un pequeño reflejo de la palabra de Dios, aunque no es seguro que esta lógica sea la misma en diferentes universos, ni la misma a nivel subatómico que a nivel macroscópico. Lo que sí está claro es que belleza y lógica son lo mismo. La belleza es el efecto que se produce en nuestro interior cuando contemplamos el gobierno de la lógica en la naturaleza; esta contemplación, a menudo, es inconsciente, nos quedamos solo con el efecto.
Pienso que a la fe católica, y a la cristiana, le sobran doctrinas y teologías. El contenido de la fe que predicó Jesús es mucho más reducido; e incluso siendo reducido, el mismo Jesús ya dijo demasiado (lo puedo decir porque, según mi opinión, Jesús solo fue un hombre, y como hombre no era perfecto). Cuando, llevados por lo que sea, llegamos a un punto más allá de lo que sabemos con certeza, nos equivocamos. La esencia de la fe, de la fe en alguna realidad llamada Dios, es muy reducida. Si intentamos describir a Dios, o a su supuesta doctrina, nos equivocamos. Escribiré la esencia de la fe al final de este post; todo lo que va más allá de esa esencia, yerra.
La aparente característica de «no racionalidad» de gran parte de la doctrina (y de la teología) cristiana se tiene como causa a sí misma, ya que esa gran parte de doctrina (y teología) cristiana no racional no es cristiana, es decir, no fue predicada por Jesús, sino probablemente añadida a lo largo de los siglos posteriores por quienes intentaron razonar a partir de los dogmas (cuya racionalidad no se discutía).
La fe católica no es la conclusión lógica de una meditación sobre el sentido de la existencia o sobre el misterio de la realidad, pero la fe en una realidad llamada Dios, sin entrar en más detalles, para algunos de nosotros sí puede llegar a presentarse como una evidencia que brota de la contemplación de la lógica y de la belleza de la naturaleza, a la cual percibimos y la cual sabemos que existe.
¿Confiar en las fuerzas de uno mismo lleva a la fe? Yo diría que en realidad no existen las fuerzas de uno mismo. Nada es nuestro. Tenemos el ser y sus dones de alquiler. Las llamadas «fuerzas de uno mismo» no son estrictamente de uno mismo; han sido recibidas de la naturaleza. Cada uno de nosotros es un regalo para nosotros mismos, recibido de la naturaleza. No somos nuestros; pertenecemos a la naturaleza. Confiar, pues, en las llamadas «fuerzas de uno mismo» no es una actitud de soberbia porque en realidad estamos confiando en un don, o fuerza, que no nos pertenece, que no es nuestro, y que tenemos la obligación natural de utilizar.
La naturaleza, a través de la selección natural, nos ha dado unas capacidades (algunas conocidas y otras aún desconocidas) que debemos usar y en las que debemos confiar. Todo lo que hacemos, y todo lo que podemos, proviene de los dones y capacidades naturales recibidos. Fuera de la naturaleza, nada actúa. Y esto no es humillar la existencia a la materia, porque la naturaleza es mucho; mucho más de lo que vemos y de lo que entendemos hoy en día; probablemente mucho más que materia. La naturaleza es una de las voces de Dios; de las otras voces de Dios no sabemos nada, ni siquiera podemos imaginarlas.
Es difícil no encontrar a Dios en una naturaleza que es su reflejo, su voz, su latido, su aliento. Detrás de la forma de la naturaleza, está Dios. Es imposible no ser constantemente tocado por Dios si partimos del hecho de que nosotros formamos parte de esa naturaleza. Y todo esto ocurre sin que suceda nada sobrenatural. Lo sobrenatural es aquello natural que todavía no conocemos ni comprendemos.
A algunos, la experiencia nos lleva espontáneamente a la fe. Y, de hecho, para algunos, la experiencia de la naturaleza, y de las personas, es lo único que nos lleva a la fe; pero no a la católica, ni a la cristiana tradicional. Y esta experiencia que nos lleva a la fe no es una experiencia abrumadora, sino la experiencia de cada instante, la cotidiana: cada mirada, cada gesto de un rostro, cada debilidad de un hermano pequeño, cada lágrima, cada sonrisa, cada atardecer, cada lluvia… Poco a poco, sin resplandores ni euforias, la fe se presenta como una ola lenta que besa sin prisa la arena de una cala, la consecuencia de una fuerza cósmica creadora de toda la belleza. En estas circunstancias «no creer» se me hace imposible.
Si la fe católica no es una doctrina tal como dicen algunos teólogos, ¿qué hace la doctrina dentro de la fe católica?
Si la fe católica no es una doctrina, ¿por qué no se reconoce mi fe dentro de la Iglesia cuando manifiesto que no me creo ninguna doctrina?
Si la fe católica no es una doctrina, ¿por qué se me llama hereje cuando proclamo que no me creo ni un ápice de la teología ni de los dogmas que la teología intenta cuadrar?
El problema de la fe católica es el exceso de palabras y la falta de contemplación. El exceso de palabras es consecuencia de la soberbia y del instinto tribal de las primeras iglesias. En cambio, la contemplación de la lógica y de la belleza de la naturaleza conduce al amor y a la felicidad.
La fe exige «mirar» y no temer la lógica que impregna la naturaleza y sus fenómenos. Esta lógica se convierte en la razón invisible de la belleza; los matemáticos lo saben. La gran carencia de las personas que dirigen, y que han dirigido mayoritariamente las grandes religiones, es su habitual analfabetismo científico (con excepción de algunos casos a veces notables y otros inauditos). La falta de formación matemática, científica, racional… ha conducido la fe de las principales religiones hacia los valles oscuros de la intolerancia, la fantasía impuesta, las pulsiones ancestrales convertidas en justicia divina, y otras irracionalidades más o menos graves.
Y ahora lo que prometí al principio del post; la esencia del contenido de la fe de Jesús:
«Venid, benditos de mi Padre, recibid en herencia el Reino que él os tenía preparado desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; iba desnudo, y me vestisteis; estaba enfermo, y me visitasteis; estaba en la cárcel, y vinisteis a verme.»

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