Rodeados de Dios



Si Dios existe, el ser humano es el camino que nos lleva a Él; el ser humano, cada ser humano, es la única verdad absoluta dentro del tiempo. El ser humano, y cualquier conciencia que brote en el universo, se convierten en la vida consciente, en la materia consciente.

Nadie puede llegar a Dios si no es mirando al ser humano, a cada ser humano, y amándolo; independientemente de las características de ese ser humano; independientemente de que tenga algún elemento que nos aporte algún beneficio; independientemente de que se lo merezca.

Quien conoce de verdad a un ser humano, conoce a Dios, porque el ser humano, y cualquier otro ser consciente, es la manifestación de la conciencia de Dios en el universo. Hace tanto tiempo que estamos rodeados de personas, que estamos rodeados de Dios, ¿y todavía no lo conocemos? ¿Cómo pueden decir algunos: «muéstrenme a Dios»? Quien ve al ser humano realmente como es, ve a Dios.
De hecho, lo que es ver (en sentido literal) no vemos nada. No vemos el árbol; lo que vemos es la luz que refleja la materia que forma el árbol, al árbol no lo vemos. Todo lo que vemos son colores: ondas electromagnéticas que tienen una longitud de onda que oscila entre 400 y 700 nanómetros. Por debajo de 400 y por encima de 700, todo es invisible. Lo que vemos son las ondas de luz que rebotan en las cosas; pero las cosas, en sí mismas, no son vistas por nosotros. Por tanto, no vemos la realidad, solo vemos la luz que refleja la realidad. ¿Cómo podemos aspirar a ver a Dios, si no vemos nada? ¿Pretendemos ver la luz que refleja Dios? Si ni la luz vemos; vemos la sensación visual generada ante la presencia de la luz; vemos la “sensación visual”; es decir, lo que construye nuestra propia mente.

Para ver a Dios, hemos de mirar al ser humano, a cada ser humano, o a cada ser consciente, porque no hay ningún otro lugar del universo donde Él esté más presente.

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